Salud, Bienestar, Ejercicios, Gimnasio.

¿Cuándo es mejor comenzar?

Mira, te voy a contar un secreto que encontré escrito con tinta invisible en la tapa de un yogur caducado: a veces pienso que nos vendieron la salud como si fuera un manual de instrucciones para armar un mueble sueco. Pieza A con pieza B, sigue el diagrama, y listo. Vida perfecta.

Pero la vida, esta que tenemos, la de verdad, suele parecerse más a ese cajón de sastre donde metes llaves sueltas, un cargador que no sabes de qué es, y esa moneda de otro país que no vale nada pero que no te atreves a tirar.

Y ahí estamos nosotros, buscando el equilibrio perfecto. Como si fuera una postura de yoga que solo logran las influencers en la playa al atardecer. Brian Tracy diría algo sobre metas y acción decidida. Yo te digo: ayer se me cayó el aguacate al suelo y casi lloro. Es así de frágil la cosa, y que no se te ocurra quitarle el móvil a un adolescente, porque cualquier cosa puede pasar.

¿Por dónde empezar? No sé, la verdad. A veces empiezo con grandiosos planes, con la épica de Napoleon Hill resonando en la cabeza: «¡Lo que la mente puede concebir, puede lograr!». Y luego, a las 11 de la mañana, ya estoy rompiendo la dieta con una galleta que me ofreció un compañero de trabajo, si, una galleta, por favor. Ese es el campo de batalla real. No el gimnasio a las 5 de la mañana, sino el «no, gracias» a la galleta.

Tony Robbins gritaría que hay que cambiar de estado, ponerse en modo poderío. Y puede que tenga razón. Pero a las 3 de la madrugada, cuando el insomnio me tiene de su mano y el ventilador hace ese ruidito de abeja cansada, el único poderío que encuentro es en decidir no mirar el móvil y respirar hondo. Eso también es salud. Es la salud de los pequeños salvamentos.

Entonces, ¿ejercicio? Sí, claro. Pero no pienses en un tipo musculoso gritándote. Piensa en las escaleras del metro, en ese tramo que siempre evitas. Subirlas, notar el ardor en las piernas y el corazón bombeando como un tambor desafinado. Eso ya es algo. Es tu cuerpo diciendo «¡Eh, estoy aquí, vivo!».

Y la alimentación… Ay, la alimentación. No es sobre comer lechuga con el alma en pena. Es sobre encontrarle el gusto a las cosas. Es el placer casi criminal de un tomate que sabe a tomate, el de verdad, no el de plástico. Es la textura de un pan de pueblo, que se mastica con alegría. Es eso. No es sufrir, es redescubrir.

Los hábitos… Los malditos y benditos hábitos. No se trata de dar un volantazo y pasar de 0 a 100. Se trata de la cerveza que te dejas a medos, no por obligación, sino porque simplemente ya no te apetecía más. O de acostarte quince minutos antes, no porque un gurú lo diga, sino porque el cuerpo te lo pide con un bostezo que parece interminable. Aprende de «Hábitos Atómico», las cosas pequeñas y simples te pueden mejorar mucho a largo plazo.

No te prometo que tu vida vaya a cambiar. La mía no lo ha hecho de forma espectacular. Sigue habiendo lunes grises y días en los que la motivación huele a calcetín mojado. Pero a veces, solo a veces, encuentras una ruta para correr que te hace sentir libre, o te preparas una cena que es un pequeño homenaje a ti mismo, y piensas: «Está bien. No está mal».

Este viaje no es para convertirte en la mejor versión de ti mismo. Eso suena a mucha presión. Es, quizás, para reconciliarte con la versión que ya eres. La que a veces tropieza, la que a veces flaquea, pero que sigue aquí, intentándolo.

Así que, si quieres, podemos caminar esto juntos. Sin manuales. Con migajas en la mesa y alguna que otra duda existencial. Empezamos cuando quieras. O cuando puedas. Da igual. El caso es empezar.

¡Comienza Ya!

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